Nuestra villa

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Inmersa en plena llanura formada por los Páramos de Torozos y al borde de la infinita llanura de Tierra de Campos, a 28 kilómetros de Valladolid, se encuentra este municipio, uno de los más grandes de la provincia y en el que la historia ha dejado huella.
 
Nuestra historia:
Fueron los vacceos, un próspero pueblo prerromano que practicó la cultura cerealista, los que habitaron estas tierras al final de los tiempos prehistóricos, como sugieren restos arqueológicos descubiertos en el entorno. Después de 500 años ocupando la zona central de la cuenca del Duero, con la invasión romana llegó la lenta romanización que hizo desaparecer cualquier rastro de esta cultura.
 
De la presencia musulmana no se han encontrado restos, aunque el nombre histórico de la villa, Villalba del Alcor, da fé de su presencia. En 1916, la villa cambió este nombre por el de Villalba de los Alcores para evitar confusiones con un pueblo de la provincia de Huelva.
 
En el siglo X, cuando los reinos cristianos reconquistaron territorios a los musulmanes y la frontera de Al-Andalus se estableció en la linea del Duero, Villalba fué repoblada con gentes del norte de la península, por el reino de León.
 
A pesar de ser una fundación leonesa, en el siglo XI ya pertenecía al reino de Castilla, cuando no era más que una pequeña población concentrada en torno a una iglesia sobre una elevación natural del terreno. Era entonces villa realenga, es decir que no pertenecía a ningún noble ni monasterio, sino al mismo rey.
 
A finales del siglo XII, Alfonso Téllez de Meneses recibió del rey castellano, Alfonso VIII, Villalba, comenzando entonces la construcción de las murallas y del castillo.
 
Durante la Edad Media fueron muy frecuentes las guerras entre los reinos cristianos y especialmente en la segunda mitad del siglo XII, las luchas entre León y Castilla fueron especialmente violentas, por lo que la frontera de ambos reinos se convirtió en un inmenso campo de batalla y, en esos límites, estaba precisamente Villalba.
 
En los siguientes siglos, la villa pasó a propiedad de diferentes grandes linajes. El papel de los nobles en la política interior siguió aumentando con el paso de los años y a comienzos del siglo XV se produjo una revuelta que el Conde Benavente aprovechó para tomar Villalba. En esta época los cañones y las armas de fuego eran ya bastante eficaces, las murallas y el castillo sufrieron grandes daños durante el ataque, aunque fueron necesarios 4 meses de asedio para su conquista. Poco después de tomar posesión mandó reconstruir su muralla y reformó el castillo.
 
A lo largo de los años posteriores, las fortificaciones de Villalba entraron en una profunda decandencia, al perder su función defensiva. Las murallas comenzaron a deteriorarse mientras que muchos de sus cubos fueron convertidos en viviendas.
 
En 1839, el último señor de la villa, perdió sus derechos señoriales sobre Villalba,  que se volvía, despues de siglos, legalmente libre.
 
En ese mismo siglo, las sucesivas desamortizaciones acarrearon un serio daño al patrimonio económico de la iglesia local y del ayuntamiento al expropiarse gran cantidad de bienes inmuebles y rústicos.
 
En 1860 D. Cipriano Rivas, secretario del rey, compró el Castillo al Conde de Castilnovo y en 1929, cuando su hija Dolores Rivas Cherif se casó con Manuel Azaña, futuro presidente de la república, a la villa acudieron insignes  visitantes del mundo de la cultura y de la política nacional a pasar temporadas de descanso. Mucho tuvieron que ver estas circunstancias con la declaración del castillo como Monumento Nacional durante la II República.
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Hoy Villalba es un pueblo próspero que basa su economía en el cultivo de cereales. La explotación de más de 3.000 hectáreas de monte también tiene su importancia económica con un importante aprovechamiento cinegético y de corta de madera.
Gran valor tiene la ganadería ovina. Las ovejas de raza churra de Villalba han obtenido importantes premios regionales y arroja una considerable producción de auténtico lechazo churro.El sector lácteo es heredero de una gran tradición y la producción de quesos castellanos puros de oveja tiene merecida fama por su calidad.
De  aquella villa medieval, hoy nos queda el castillo, los cubos de la muralla, las dos iglesias: la de Santa María y la de Santiago Apóstol (Parroquial) , el trazado urbano de calles recoletas y estrechas con sus casas construídas en su gran parte con piedra. Y a sólo 4 kms. del pueblo, el despoblado medieval de Fuenteungrillo.

En cuanto a la gastronomía, destacamos los ya típicos productos castellanos del lechazo y el queso de leche de oveja, junto con la tradicional panadería y repostería castellana.

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